Tal vez su significado tan cargado de humanidad la ha convertido a lo largo del tiempo en una de las festividades más populares, no sólo de la grey católica, sino también de otros credos. La Navidad está precedida de la Nochebuena, que es el momento en que la familia se reúne para cenar, confraternizar y esperar el nacimiento de Cristo. De acuerdo con la tradición, se brinda y se descuelgan del arbolito los regalos que se reparten entre los seres queridos. Los católicos asisten a la llamada Misa de Gallo que se oficia a la medianoche o un poco antes.
Como reflejo de una sociedad que estimula el consumo, la celebración adquirió ribetes comerciales. Antes, la cena era un pretexto para compartir un momento de diálogo; en muchos casos se fue transformando en un banquete, marcado por desbordes gastronómicos y alcohólicos.
Sería interesante si tratáramos de mantener o de recuperar ese espíritu de fraternidad para dialogar sobre los problemas que nos agobian, y pensar en algunas soluciones posibles. Como señalamos en alguna oportunidad, no vendría mal reflexionar acerca de la intolerancia, la falta de respeto a la ley y al prójimo, sobre la necesidad de adquirir un mayor compromiso. Vivimos tiempos cada vez más difíciles, con flagelos como la inseguridad que ataca a todos, y la droga que tiene como blanco principal a los chicos. La incomunicación, la soledad que sienten muchos jóvenes, cuyos padres están siempre trabajando (paradójicamente para generar un mejor bienestar familiar), los llevan a ser víctimas de los vendedores de estupefacientes.
Sería provechoso si por un momento, adultos, jóvenes y niños pudiesen hablar sobre la importancia de esforzarse para lograr un objetivo en esta sociedad de consumo que alienta lo contrario, es decir la obtención de un éxito fácil y también efímero, y que estimula lo superficial. Sería fructífero si nuestros dirigentes meditaran sobre la responsabilidad que la sociedad les ha dado para que trabajen en pro del bien común y que antepongan los intereses de la comunidad antes que de los personales.
Sería interesante si pudiésemos discurrir sobre la posibilidad de salir por un momento del individualismo, del corralito propio, e intentar realizar alguna acción por la comunidad. De esa manera, en lugar de criticar constantemente a los que hacen, podríamos abandonar las palabras y participar. Pensemos en ser mejores ciudadanos, más comprometidos con los asuntos colectivos que son los que nos competen a todos.
Sería hermoso, si por un instante pudiésemos dejar de encontrar culpables y nos miráramos un instante en el espejo interior e hiciéramos un mea culpa. Sería provechoso si pudiéramos pedirnos perdón unos a otros por nuestras pequeñas miserias. Vivimos en un mundo cada vez más materialista. Pensemos qué puede aportar cada uno para que tengamos una sociedad mejor, una ciudad, una provincia, un país se construye con el aporte de cada uno.
La Navidad simboliza la humildad, la sencillez del amor, la esperanza, la posibilidad de limpiarse el alma, de barajar y dar de nuevo, de encontrarse con uno mismo, con el otro, de preguntarse acerca de lo que se hizo bien y de lo se hizo mal o no se hizo. El amor no reside en un regalo más o menos costoso, sino en la mirada, el gesto, el abrazo, la palabra bien intencionada. Si algo de eso logramos en esta Navidad, probablemente nos sentiremos mejor.